Comentario crítico a partir de la obra de Luis Del Pino(artista)

.Cuerpos en tránsito.
(...) y la tercera, una época de superviajes, casi implacable en su enormidad, en los que se atraviesa de parte a parte un mar de ahogados, con trágicas turbulencias en los costados de la nave y, a bordo, angustiosas conferencias sobre lo posible.
“En el mismo barco” Peter Sloterdijk
Buscando destinos donde se calme su necesidad de nuevos posibles, ya sea por ocio o trabajo, el humano transita por redes aéreas o marítimas que, a modo de circuitos neuronales, discurren por un medio acuoso o aéreo (materia blanca) y se ordenan o encaminan en terminales (materia gris). En estos lugares, se produce la sinapsis de ideas e imágenes en forma de objetos o cuerpos, que viajan a través de este órgano de deseos y posibilidades. En los muelles y aeropuertos palpita el ir y venir humano.
No es de extrañar que Luis del Pino concentre su mirada en un lugar limes, espacio donde se desarrolla el hilo conductor de la trama de nuestras vivencias, en donde se generan tantas evocaciones al que transita por la existencia, al viajero, al artista. Circulamos este espacio en el comienzo, el transcurso y el final de nuestros viajes. Así, si la dicha es buena y llegamos “a buen puerto”, el muelle se comportará como una conjunción que el artista convierte en sujeto.
Los humanos que se encuentran de paso por distintos lugares suelen ir acompañados por un elemento contenedor, cuya forma básica no ha cambiado a lo largo de los siglos y que porta objetos de forma comprimida. Encajados entre sí, estos objetos ocupan la totalidad de la maleta de viaje. Este módulo–maleta individual, dual o comunitario, como una fragmentación de la escala y necesidades humanas, encajan a su vez entre otros, para configurar un entramado de objetos modulares que fluyen como viajeros hacia sus destinos.
Las maletas de los viajeros se ordenan a través de un ritual organizado, en donde objetos de necesidad y objetos de deseo son dispuestos, encajados y a veces embutidos, en un ejercicio de disposición del espacio personalizado. En esta elección de objetos se propone un plan y una estrategia ya en el principio del viaje, luego el viajero y su maleta se modularán a través de los distintos y azarosos momentos en los que el viaje necesite de su interlocución. El viajero versátil está ahora preparado para acudir a la terminal.
Luis del Pino desarrolla un modelo de viajero a través del contenedor de sus objetos y la disposición de éstos. Reflexiona sobre un viaje que ocurre antes del viaje; separa al espectador del camino concertado y le hace vislumbrar los entresijos de ese espacio límite tras el que ocurre una significativa metáfora sobre el flujo de comunicación de objetos, una zona siempre en movimiento y llena de signos transculturales del capitalismo y del consumismo.
En sus generadores de paisaje, estos signos se nos muestran en forma de módulos básicos de madera policromada sacadas de algún bastidor que, distribuidos en el espacio, crean escenarios laberínticos y se presentan como fotografías de una intensa y artificiosa magia lumínica. Al lado de estas fotografías se presentan esos módulos someros, ricos generadores de artificio.
En sus cuadros, Luis del Pino nos rodea de inmensos y repetitivos módulos, pinta las edificaciones-maletas que se acumulan en ese lugar, en ese limes repleto de cuerpos-comunes, maletas-comunes. En sus cuadros, los muelles nos muestran sus brazos, sus articulaciones, sus tripas y su piel bajo el influjo del sol canario de intensos colores artificiales y, también, su nocturnidad de un inquietante y pesado silencio. La vida de los objetos de viaje en las terminales como el muelle es constante y silenciosa para nuestros ojos, entre bambalinas cavila día y noche gestionando esos deseos y necesidades en forma de objetos.
Repletos de memoria, el contenedor- módulo-cuerpo se nos presenta, como en la obra “interior-exterior cambiantes”, en un juego de espejos que dilucida el contenedor como reflejo de lo interno y de lo externo, de una vida llena de memorias del tránsito por el arriesgado mar, un contenedor-viajero que espera su traslado, repletas y bien encajadas sus entrañas, ¿quien sabe de qué estarán compuestas?. Y desde la estancia tranquila del muelle, a la vista de esa mar de aventuras y desventuras, se hace curioso comprobar como, “Sólo una vez que los espectadores han conseguido sus puestos seguros puede desplegarse, frente a ellos, el espectáculo de los hombres en peligro. Esta tensión, esta distancia, no puede ser nunca demasiado grande: cuanto más seguro está el espectador y más grande es el peligro que contempla, más se interesa por el espectáculo. Esta es la clave de todos los secretos de la tragedia, la comedia y la epopeya.” (*).
Luis nos muestra un espacio para la reflexión, un “no lugar”, el muelle como terminal donde confluye ordenada la diferencia. Espacio local e internacional donde la comunicación se acumula y fluye en un latir constante, como el latir del que espera lanzarse a la aventura del mar abierto, para constatar que ese salto del viajero hacia la mar es, también, la transgresión de sus propios límites naturales.
Tahiche Díaz 5-2007
(*), “Naufragio con espectador”, Hans Blumenberg
(...) y la tercera, una época de superviajes, casi implacable en su enormidad, en los que se atraviesa de parte a parte un mar de ahogados, con trágicas turbulencias en los costados de la nave y, a bordo, angustiosas conferencias sobre lo posible.
“En el mismo barco” Peter Sloterdijk
Buscando destinos donde se calme su necesidad de nuevos posibles, ya sea por ocio o trabajo, el humano transita por redes aéreas o marítimas que, a modo de circuitos neuronales, discurren por un medio acuoso o aéreo (materia blanca) y se ordenan o encaminan en terminales (materia gris). En estos lugares, se produce la sinapsis de ideas e imágenes en forma de objetos o cuerpos, que viajan a través de este órgano de deseos y posibilidades. En los muelles y aeropuertos palpita el ir y venir humano.
No es de extrañar que Luis del Pino concentre su mirada en un lugar limes, espacio donde se desarrolla el hilo conductor de la trama de nuestras vivencias, en donde se generan tantas evocaciones al que transita por la existencia, al viajero, al artista. Circulamos este espacio en el comienzo, el transcurso y el final de nuestros viajes. Así, si la dicha es buena y llegamos “a buen puerto”, el muelle se comportará como una conjunción que el artista convierte en sujeto.
Los humanos que se encuentran de paso por distintos lugares suelen ir acompañados por un elemento contenedor, cuya forma básica no ha cambiado a lo largo de los siglos y que porta objetos de forma comprimida. Encajados entre sí, estos objetos ocupan la totalidad de la maleta de viaje. Este módulo–maleta individual, dual o comunitario, como una fragmentación de la escala y necesidades humanas, encajan a su vez entre otros, para configurar un entramado de objetos modulares que fluyen como viajeros hacia sus destinos.
Las maletas de los viajeros se ordenan a través de un ritual organizado, en donde objetos de necesidad y objetos de deseo son dispuestos, encajados y a veces embutidos, en un ejercicio de disposición del espacio personalizado. En esta elección de objetos se propone un plan y una estrategia ya en el principio del viaje, luego el viajero y su maleta se modularán a través de los distintos y azarosos momentos en los que el viaje necesite de su interlocución. El viajero versátil está ahora preparado para acudir a la terminal.
Luis del Pino desarrolla un modelo de viajero a través del contenedor de sus objetos y la disposición de éstos. Reflexiona sobre un viaje que ocurre antes del viaje; separa al espectador del camino concertado y le hace vislumbrar los entresijos de ese espacio límite tras el que ocurre una significativa metáfora sobre el flujo de comunicación de objetos, una zona siempre en movimiento y llena de signos transculturales del capitalismo y del consumismo.
En sus generadores de paisaje, estos signos se nos muestran en forma de módulos básicos de madera policromada sacadas de algún bastidor que, distribuidos en el espacio, crean escenarios laberínticos y se presentan como fotografías de una intensa y artificiosa magia lumínica. Al lado de estas fotografías se presentan esos módulos someros, ricos generadores de artificio.
En sus cuadros, Luis del Pino nos rodea de inmensos y repetitivos módulos, pinta las edificaciones-maletas que se acumulan en ese lugar, en ese limes repleto de cuerpos-comunes, maletas-comunes. En sus cuadros, los muelles nos muestran sus brazos, sus articulaciones, sus tripas y su piel bajo el influjo del sol canario de intensos colores artificiales y, también, su nocturnidad de un inquietante y pesado silencio. La vida de los objetos de viaje en las terminales como el muelle es constante y silenciosa para nuestros ojos, entre bambalinas cavila día y noche gestionando esos deseos y necesidades en forma de objetos.
Repletos de memoria, el contenedor- módulo-cuerpo se nos presenta, como en la obra “interior-exterior cambiantes”, en un juego de espejos que dilucida el contenedor como reflejo de lo interno y de lo externo, de una vida llena de memorias del tránsito por el arriesgado mar, un contenedor-viajero que espera su traslado, repletas y bien encajadas sus entrañas, ¿quien sabe de qué estarán compuestas?. Y desde la estancia tranquila del muelle, a la vista de esa mar de aventuras y desventuras, se hace curioso comprobar como, “Sólo una vez que los espectadores han conseguido sus puestos seguros puede desplegarse, frente a ellos, el espectáculo de los hombres en peligro. Esta tensión, esta distancia, no puede ser nunca demasiado grande: cuanto más seguro está el espectador y más grande es el peligro que contempla, más se interesa por el espectáculo. Esta es la clave de todos los secretos de la tragedia, la comedia y la epopeya.” (*).
Luis nos muestra un espacio para la reflexión, un “no lugar”, el muelle como terminal donde confluye ordenada la diferencia. Espacio local e internacional donde la comunicación se acumula y fluye en un latir constante, como el latir del que espera lanzarse a la aventura del mar abierto, para constatar que ese salto del viajero hacia la mar es, también, la transgresión de sus propios límites naturales.
Tahiche Díaz 5-2007
(*), “Naufragio con espectador”, Hans Blumenberg
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